Ver más allá: Cuando el Ver lo demás no es suficiente

Desde que tengo uso de razón, por alguna razón de diseño, mi mente siempre ha tenido la capacidad de identificar detalles, posibles riesgos y cosas que pueden mejorar. Tal vez sea un asunto genético, o tal vez experiencias formativas desde mi niñez entrenaron mi pensamiento en esta dirección.

Créeme, no siempre ha sido algo placentero. A veces me preocupo más que otras personas en la misma situación porque veo cosas que otros pasan por alto… bienaventurados ellos. Esta sensibilidad me ha llevado muchas veces, más de las que quisiera, a tratar de ayudar a personas que no quieren ayuda o que no ven los riesgos que yo percibo. Quizás me identifico un poco con Jeremías en su lamento del capítulo 20:7-11, sintiendo el peso de ver lo que otros no ven y cargar con ese discernimiento.

Mis experiencias profesionales y académicas solo afinaron más esta habilidad: primero en prevención y rehabilitación de drogas y alcohol, luego como pastor, donde el cuidado implica atender riesgos espirituales, emocionales, físicos y materiales en la congregación. Más tarde, en la industria de seguros, aprendí a identificar y mitigar riesgos financieros. Con FEMA, fui entrenado para reconocer riesgos naturales o causados por el ser humano que pueden desembocar en emergencias o desastres. Todo esto me convirtió en un tipo de “radar humano”, un planificador y podríamos decir, un experto en prevención y mitigación de daños.

A esto se suma lo más importante: el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad, quien me ayuda a discernir aún más allá de lo que mis ojos humanos pueden captar.

¿Y por qué cuento esto? Porque, a pesar de todo lo anterior —de haber aprendido a ver riesgos desde temprano en mi vida—, mi ego no me permitía ver los míos propios. Fue el Evangelio del Reino de nuestro Señor Jesucristo el que me reveló mi verdad, mi necesidad, mi pecado, y como dicen en inglés, mis shortcomings.

La Palabra de Dios nos exhorta a permitirle al Señor a escudriñar nuestros corazones y es así como el Evangelio comienza a tener poder en nuestra vida, Salmo 26:2:

“Escudríñame, oh Jehová, y pruébame; Examina mis íntimos pensamientos y mi corazón.”

Sí, al principio este momento fue humillante. Pero qué bueno que me hizo humilde, porque dice el Salmo 138:6:

“Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde.”

Y también en Santiago 4:6:

“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.”

Solo entonces entendí lo que no podía ver por estar constantemente mirando hacia afuera. Vi mi necesidad de gracia, perdón y amor incondicional. Clamé a Él, y me respondió.

Aún me falta mucho por alcanzar, pero el Dios de misericordia y poder está conmigo. Tanto así que puedo decir con el apóstol Pablo:

“Por la gracia de Dios soy lo que soy.” (1 Corintios 15:10)

Si tú también has sentido que puedes ver mucho en los demás, pero poco en ti mismo, te invito a detenerte. A mirar hacia dentro. A iniciar ese viaje de amor con Dios. Te aseguro, como dijo el apóstol Pablo:

“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” (Filipenses 1:6)

Con amor,

Profesor Jaime B. galván Muñoz, MDiv.


Discover more from Berea Online Institute

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Leave a Reply

Discover more from Berea Online Institute

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading