En nuestra jornada académica y personal, es posible que veamos la cristiandad como una religión más, una fuente de apoyo espiritual y emocional muy útil. Y ciertamente, lo es. Sin embargo, el mensaje de la Biblia y la cosmovisión cristiana nos hablan de un Jesucristo que es “Señor de señores y Rey de reyes” (Apocalipsis 19:16). Esta afirmación nos lleva a una pregunta fundamental: ¿qué implica esto en nuestra relación con Él, tanto como individuos como en nuestra labor dentro de una institución de base de fe que promueve los valores cristianos?
Para comenzar, debemos reconocer que Dios no está a nuestro servicio; por el contrario, nosotros estamos al servicio de Él para bendecir y ayudar al prójimo con amor. Jesús mismo advirtió: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46) y también dijo: “Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Mateo 15:8). Estas palabras nos invitan a una profunda reflexión sobre cómo vivimos nuestra fe.
Muchas veces en nuestra vida clamamos a Dios cuando necesitamos que nos salve de alguna situación adversa, y eso está bien, porque Él está interesado en nuestro bienestar y paz. Sin embargo, debemos recordar que el Señor no es solo un salvavidas en medio de una tormenta; Él es el Señor de nuestras vidas. Es a través del reconocimiento de su señorío que somos salvos, como nos dice Romanos 10:8-10:
“Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.”
Si confesar que Jesús es nuestro Señor es requisito de nuestra salvación, esto implica más que un simple cambio filosófico o religioso. Significa un cambio de soberanía, un cambio de Rey. ¿Qué autoridad tiene un rey sobre su pueblo? ¿Es solo un apoyo en tiempos de necesidad o tiene potestad de guiar e influenciar a su pueblo como Rey legítimo?
Que esta reflexión nos lleve a vivir una fe auténtica y comprometida, reconociendo que Dios no es un recurso a nuestra disposición, sino que nosotros somos llamados a servirle a Él. En nuestra vida diaria y en nuestra comunidad educativa, recordemos esta máxima:
“Sirvamos al Señor y no nos sirvamos de Él.”
Que el Señor nos guíe y nos fortalezca en este caminar.
Bendiciones,
Profesor Jaime B. Galván Muñoz, MDiv., MDMEC, CAT IV

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